Capítulo 3. San Martín

—Mau, ¿qué hacés, man?… ¿Holá? ¿Me escuchás?…
—Ahí está. Sí, sí, no, yo ahora te escucho bien, también. ¡¿Qué contás, Maurito?! ¡Hace bocha que no nos vemos! Andás medio perdido, vos, eh. ¿Qué pasó, te abdujeron peronistas rabiosos del espacio exterior para hacerte experimentos sexuales, que no me llamás más, vos, eh? Ah… ya entiendo, como te estaba gustando tanto te olvidaste de todo, ¿no? ¡Ajajaaaaaj! Venite este finde a casa y nos tomamos unas cervecitas…
—¡¿Cómo que te separaste?! ¿Y eso que tiene que ver con salir o no salir? ¿Cuándo fue?
—¡¿Y cómo no me llamaste antes, boludazo?! Te hacía unos mimitos y se te pasaba al toque, tontolón, ajjajaaja. Nah, posta, ¿hace cuánto que estaban saliendo, ustedes?
—Uh, pensé que menos. ¡¿O sea que hace cuatro años que se la ponés siempre a la misma mina?! Listo, cambiamos el plan para el finde. Vos venite a mi casa, igual, pero este sábado se sale. Hay un lugar nuevo. Vos no te preocupes, yo arreglo todo. Jimena nos hace pasar gratis. ¿Te acordás de Jimena?
—No, la otra Jimena. La rubiecita.
—Seh… No, no, no. Bueno, ya la vas a conocer, entonces. Bueno, ella es la que nos hace pasar. Me la voy a tener que cojer alguno de estos días, eh. Ya le toca, ¡ajajajaa!
—Bueno, te dejo, que estoy llegando al gimnasio. Venite a cenar el sábado. Compramos algo.
—Dale… Abrazo, chabón.

El sábado cené con Martín y Luciana, su esposa. Compramos empanadas. Evité el picante: ya estaba bastante nervioso.
Martín me había prometido acción, y siempre se las había arreglado para presentarme una mina, aun muy a pesar de… bueno… de mí. Las noches de play con él y el resto de los chicos estaban buenas, pero salir a solas con Martín era otra cosa. Por eso siempre había intentado evitarlo. Nos conocimos cuando yo ya era novio de Paula, e incluso así me costó hacerle entender que no me interesaban otras mujeres. Pero él insistía. Eso sí: diez en perseverancia, el tipo. Esa noche me habría quedado charlando con ellos. Martín nos contaba una del trabajo:
—Tres minutos faltaban para las tres, y el de seguridad no estaba; entonces voy a cerrar la puerta yo. Siempre te cae alguno a las tres y un minuto, y si lo dejás pasar no te imaginás el quilombo que se arma después. Hay cámaras y todo, ¿viste? Nos tienen refichados, los tipos. Y en eso veo en la esquina a una flaca que viene corriendo. Pensé que corría un micro, pero pasó la parada; venía al banco, no quedaba otra. Le hago seña de que se apure, que la aguanto hasta que llegue y después cerraba ya. Se acerca la mina y la veo mejor cuando venía, tenía algo raro. Algo raro, como que algo no terminaba de encajar… No sé, ¿viste cuando hay algo que no va, pero no sabés qué? No sé… la cadera… cintura tenía, eh, no era eso, pero la cara era como cortada, no sé… cómo corría… Bueno, llega a la puerta. Me mira. La miro… ¡Alto trava era!… ¡¡Ajjajajajja!! Me mira con cara de que me conocía pero no se acordaba. ¡Jajaja! Se pensó que la aguanté porque la conocía, jjaja. Bueno, cierro y vuelvo a mi escritorio. ¿No va que saca número para donde atiendo yo? Le dije a Juan que la atienda él, pero se me cagó de risa y se las tomó para adentro. Con los pibes atendíamos, y me seguía mirando desde su asientito, ¡ja! Se me van a cagar de risa, pero ¿podés creer que me toca a mí su número? “¡No te la puedo creer!”, pensé. Bueno, la cosa es que no sé qué quería saber, de una tarjeta de crédito, quería sacar una. Le pido el DNI y me lo da y me dice, con una sonrisita en la cara, “María de los Ángeles, un gustazo”, ¡jjajaa! Y me da la mano y me dice “Para servirte”, ¡jajajaj!, con cara de pilla, ¡jajajaa! ¡Las gastadas de los pibes cuando se fue…! Son unos hijos de puta, ¡ajajja! Y encima, antes de irse me tira “Me vas a llamar vos, entonces, ¿no?…”.
Me descubrí comiendo accidentalmente una de carne picante. Luciana puso cara de “qué boludo, mirá lo que cuenta… no crece más este pibe…” y dijo mirándome:
—Qué boludo, mirá lo que cuenta… No crece más este pibe…
Levantó los platos y se los llevó. Martín y yo ayudamos llevando el resto de las cosas a la cocina. Se me cayó un vaso y se me rompió. Comimos el postre y finalmente llegó la hora de irnos. Comentamos qué ricas habían estado las empanadas, y me enteré de que la de humita tenía pimienta. Con el choclo se disimulaba. Estaban muy ricas, yo había comido dos. La saludamos y nos fuimos. Todavía me sentía un poco mal por lo del vaso.
Por suerte había llovido y no hacía tanto calor. En su auto, Martín empezó a hablarme sobre Luciana. Me contó que él la quería, pero que últimamente ella quería tener un hijo.
—Quiero sentir el mundo, ¿entendés? Tengo treinta y cinco. ¿Cuánto me queda? ¿Me entendés lo que te estoy diciendo? Si tengo un pibe ahora, se acabó todo. La próxima parada es el cajón. Porque esta salida de ahora, por ejemplo, no, olvidate. No sé qué tienen las minas. Yo estoy bien así. Hay que vivir todo lo que se pueda antes de estirar la pata. A mí me van a sacar con las patas para adelante, pero con un fernet en la mano. Porque acá se acaba todo, a mí no me joden, man, hay que vivir todo lo que se pueda y pasarla joya. Otra no queda. Es así.
Llegamos. Bajamos. Estábamos en una de las zonas de bares de la ciudad. Aparentemente estaba terminando de tocar una banda. Sonaban bien, aunque no era mi estilo preferido de música. Entramos. Aparecíamos en una lista, así que nos ahorramos el equivalente a un trago en la entrada. Empardamos ahí nomás: un fernet y un whisky.
—Empezaste fuerte… —le dije.
No respondió. Sí sacó su celular y contestó un mensaje. Aproveché para mirar alrededor. En una mesa había un grupo de chicas que me llamó la atención. Noté, también, que yo estaba un poco… encorvado…, cohibido…: apocopado. A veces me pasaba que sentía el cuerpo más pesado de lo normal. ¿Timidez? No sé. Hace algunos años (no tantos, tampoco) había aprendido a reconocer ese sentimiento: no iba a ser una noche fluida; había entrado a ese lugar (y a esa salida) a destiempo, con un pie en sintonía con el bar y el otro moviéndose al son de otro ritmo, otro estilo, otro género; probablemente, la ciencia ficción: me habían recomendado tanto esa serie que me acababa de bajar… ¡Pero basta de patrañas, Mauro!: desde que bajaste del auto estás llevando la vista de acá para allá buscándola a ella, esperando no verla con otro, o ni siquiera verla sola, y esperando verla, un poco, también. ¡¡¡Pero qué forro que sos, che!!! ¡Dejate de joder, pelotudo!
En realidad, lo que me había llamado la atención de la mesa aquella era una de las chicas en particular. Era muy linda. Muy. La imaginé suave, serena, dulce pero no empalagosa, graciosa, nerd o geek o abierta a serlo. Era morocha de pelo largo y lacio. Le agradeció a la moza y le sonrío. Eso me gustó, no basureaba a los demás.
—Llegan en cinco minutos, chabón. Están estacionando el auto.
—Ah… Ok.
—Escuchá, yo tengo acá a Jimena dando vueltas, que en cualquier momento se aparece. Marianela, la de pelo corto, es la tuya. Viene con Yésica, mi amiga, pero yo voy a estar de acá para allá, ¿me entendés? Vos relajate y quedate en la mesa hablando con la amiga, que ya le mostró Yésica fotos tuyas, y la mina arranca. Está todo cocinado, no puede fallar.
¿“No puede fallar”? ¿Ah, NO? ¿En serio? ¿De veras? ¿En este universo “no puede fallar”? ¿No? ¿No sabía acaso Martín con quién hablaba? ¿No había sido él quien había inventado el apodo “El nube negra”? ¿Había olvidado el episodio con la prima de María que terminó en el hospital? Las chicas estaban llegando: ¿qué iba a hacer ahora? ¿Podría salir de este aprieto? ¿Pensando en la morocha, estaría listo? ¿Podrá nuestro chico de goma sortear las justas que se le presentan en esta noche? ¿Sabrá afrontar la marea en la penumbra de la tormenta? ¿Podrá liberarse del recuerdo de Paula? ¡No se pierdan la continuación de este atrapante episodio la semana próxima en el mismo gomahorario y por el mismo gomacanal!

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Capítulo 2,5. El trabajo dignifica o Crónica de otra muerte anunciada

—MARCOS, DEJÁ INMEDIATAMENTE DE APUNTARLE AL OJO A SUÁREZ CON ESE COMPÁS!
Marcos tiene catorce. Es más alto que yo. Rubio. Usa gorra en clase y cada día aparece con más piercings. Todos hablan ahora.
—¡Profe, decile que me devuelva mi lápiz!
—YA VA MARTÍNEZ MARCOS QUÉ TE DIJE DE TIRAR COSAS CON PUNTA ESTÁS LOCO CÓMO VAS A TIRAR LA TIJERA ASÍ CASI ME PEGÁS EN LA MANO.
—¡Ojalá!
—¡¡¡A VER SILENCIO TODOS!!!
Nadie hace caso. ¿Para qué? Apenas quedan dos horitas para irse. En un momento baja un poco el ruido, como en el Chavo, cuando se callan todos, y aprovecho.
—Como les decía, los adjetivos son palabras que mod…
—AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAJAJJJAAJJAAJAJAJAJJAJAA!!
—AH VILLALBA, TE QUERÉS CALLAR? Y GUARDÁ ESE CELULAR DE UNA VEZ
—AAAAAAH! ¡No se puede hacer nada ahora! Que no hable, que guarde el teléfono… Sí, amigo, cómo no, esperá sentado…
La vena se hincha… La puedo sentir…
Villalba suele peinar de un alarido a los compañeros que se sientan cerca, porque así se ríe ella y por qué va a cambiar su forma de reírse, porque se lo diga un profesor? No, ella se ríe como quiere, cuando quiere y si no te gusta, jodete. Se ríen mirando el celular que no suelta ni para ir al baño. Hablan de chicos. En el fondo, Marcos persigue a González para pegarle una patada en el culo, y empujan las sillas haciendo la mayor cantidad de ruido posible. Retumba todo. González es menudo y no mide más de uno cincuenta.
Delante de Villalba y Camila, Seixtas y Blasco, que están con el celular y me reclaman que siga con la clase. En el medio pasa González escapando de Marcos.
—SENTATE DE UNA BUENA VEZ O HAY ACTA Y AMONESTACIONES MARCOS
—¡¿A quién vas a amonestar vos?! ¿Sabé qué? Me llegan a echar por tus amonestaciones, si te cruzo en la calle te cago bien a trompadas a vos.
—SENTATE DE UNA VEZ… TE ESTOY HABLANDO.
Marcos no respondía aunque me escuchaba.
—BUENO SE ACABÓ. ORELES… ORELES, ANDÁ A BUSCARME EL CUADERNODEACTAS YA MISMO
—¿Tenés un problema conmigo? ¿Sabés cómo lo arreglamos afuera? Vos y yo lo arreglamos. ¿Sabés cómo te exploto? Traigo un fierro…
—No, Marcos, no tengo ningún problema con vos. Solamente quiero que te sientes.
Marcos se acerca. Me pechea. Lo miro fijo a los ojos. Él me mira a los míos. Estamos a centímetros. En el medio del salón, Blasco le saca la computadora a Rodríguez, y Rodríguez me lo reclama, que por qué no le digo nada a Blasco, pero no puedo sacar la vista de los ojos de Marcos, porque la próxima me come crudo, si no. (Del lado derecho del salón OTRO ALARIDO de Villalba al que Suárez le contesta con un grito de entraña que cierre el orto, y usa el epíteto “lora”, a lo que Villalba le contesta que cierre ella el culo, que el suyo lo tiene bien cerrado, eh, y González, deteniendo su paseo por el aula, girá la cabeza y con rostro de genuina sorpresa acota con vocecita de pillo “Vamos… ¿nunca lo abriste?”). Le rozo el hombro a Marcos, porque tocarlo no puedo porque ahí sí que se me arma (para esta altura ya fantaseo con estrellarle la cabeza contra un banco, sería tan fácil y tendría como uno o dos segundos de silencio), le rozo el hombro cuando intento hacer que se siente y de pronto, toda la clase se calla (incluso Belloso y Ferreyra, que charlaban a los gritos en un costado), y toda la clase se calla, como si hubieran estado al acecho, y gritan:
—Uuuuuhhh!!! No te puede tocar, se fue a la mierda, andá a decirle a la directora que lo echan!
Y Villalba la corona:
—Aplicá mafia, tirifilo!
La preceptora entra y lo llama a Marcos para que se siente y que se saque esa gorra.
—Mmm… Yo no soy gorra, vo.
—¡Bueno, eh! ¡Sacate la visera de una vez!
Le digo que voy a hablar con gabinete. Marcos lo escucha:
—¡Andá, ortiva, buchón! ¡Gorrudo de mierda!
—¿Qué pasa? ¿Te hacés el vivo y después no querés sanciones? —le digo.
—Hacé lo que quieras, yo no te tengo miedo a vos. Buchón, ortiva. Te agarro afuera y sabés qué… Si te muestro la que tengo en casa te cagás todo…
Qué pendejo… Porque me lo dice con ojos de nene, de nene al que el otro día andaba persiguiendo la cana y se escapó en bici y la dejó en lo del pelado, porque si no lo agarraban con el alicate para cadenas de bicicleta, ese que se puede esconder abajo de la ropa y que nadie lo te lo ve. Ferreyra me pide ir a comprar algo para comer. Le saco a Seixtas de la mano un catéter para hacer piercings. Es como una aguja de diez centímetros más o menos, ancha. Estaba dentro de su envase abierto de plástico y cartón, con capuchón.
—ESTÁS LOCO QUÉ HACÉS CON ESTO EN LA ESCUELA!!!! TE ESTÁN A PUNTO DE ECHAR POR LO DE LA BOTELLA DE LICOR DEL OTRO DÍA Y VENÍS CON ESTO AHORAA?!
—Ah, qué, no se puede traer? No sabía yo! Qué me decís?
—¿No sabías que no se pueden traer elementos punzantes a la escuela?!
Me la llevo al escritorio. Veo a Camila con la netbook en su facebook. Todos seguían gritando.
—Guardá eso o te la saco! No la estamos usando ahora! Y dejá de hablar.
—Eh, qué me decís a mí? Están todos hablando! Por qué no les decís a ellos también?!
—Sí, pero ahora te digo a vos que te calles!! Y guardá eso o te la saco.
—Mirá qué me la vas a sacar, es mía, amigo. Andá, no te la doy ni en pedo. Tratá sacármela, va a ver vo… —y me deja de hablar porque le llega un mensaje al celular.
Me duele la garganta, ¡y el ruido! ¡Ese ruido! Me duele la cabeza, los oídos. El espacio es bastante chico. Y ellos son nueve. Sí, nueve. Belloso le grita desde una punta a la otra a Seixtas que le preste la bufanda, Oreles me reclama que no trabajamos nunca, cuando acaba de terminar de hablar y mandar mensajes con el celular.
González pregunta alterado, de pronto, si mañana hay examen. ¿Quién habló de examen? Estoy en una concesionaria de autos con nueve vendedores encima, pero en vez de autos, lo que venden son brotes psicóticos.
La preceptora ya se había ido y de pronto…, de pronto…, fin del round…, toca el timbre y salen corriendo como estampida los nueve, que se traban un poco en la puerta.

Los niños son el futuro.

Hace tres meses un pibe fajó al director. El tipo sigue con ART.

 

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Capítulo 2. Todos Nosotros

—¡Noticia de último momento! ¡Marcos Barroca está en el lugar de los hechos! ¡Marcos, te escuchamos!
—Así es, Paula, Marcelo, estamos en La Plata, más precisamente en el centro, en la avenida 7 entre la calle 45 y la 46, por donde los vecinos y los transeúntes (imaginen la cantidad de gente que pasa por acá…; a una cuadra tenemos la casa matriz del Banco de la Provincia); como les decía, hace apenas dos horas y media, los vecinos de la zona fueron testigos de un incidente increíble, la verdad. Un joven de aproximadamente treinta años de edad habría pasado corriendo por esta misma cuadra en la que estamos ahora, llorando, corriendo como nena, con los brazos tapándose la cara y gimiendo lo que se presume sería el nombre de su pareja. Un espectáculo atroz, descarnadamente miserable, realmente. Pero acá estamos con testigos de los hechos. Buenas tardes, usted vio lo que pasó…
—Ah, sí. Yo estaba acá esperando el Este, todavía estoy esperando, y de repente pasa el chico éste, pasa corriendo como si lo corriera el demonio, iba gritando y llorando, decía “Paul, Paul”, y todos lo miramos, nomás, porque no entendíamos nada, pasó corriendo, pero corría como dando saltitos, ¿vio? Y llevaba en la mano una florcita, y cada tanto, pues, se paraba a olerla y seguía corriendo y gimoteando, el chico éste. Era como en las novelas que corría.
—Muchas gracias. ¿Vos también lo viste?…
—Sí, es cierto, corría raro, con pasos cortos y las piernas juntas y con los codos pegados al cuerpo. La cara no se la vimos muy bien, miraba para abajo y se la tapaba con las manos. Pero corría moviendo mucho los hombros. Yo escuché que decía “Aura, Aura”, no sé, no se entendía bien. Parecía personaje de shōjo. Y dejó una estela: moqueó toda la cuadra, mirá ahí. Ahora llegaron los de la municipalidad para limpiar, hace como tres horas que la gente no puede caminar por ahí. Un perrito se había quedado pegado y lo tuvimos que sacar entre tres.
—Muchas gracias. Y los vecinos de La Plata, Paula, Marcelo, quedaron atónitos, como se imaginarán ante este espectáculo. Muchos pudieron sacar a tiempo sus celulares para filmarlo y ya se habla de que estaría circulando en internet el video de lo que ocurrió hace apenas horas en el centro de la capital bonaerense. Ustedes.
—Gracias. Enseguida volvemos con vos, Marcos.
—Hasta luego.
—¡¿Te estaría llamando a vos, Paula?! ¡Qué manera de romper corazones, ¿eh?!
—Ay, no, no, por Dios, no…
—¡Jaja! ¡Bueno, un manto de piedad, mejor, ¿no?! ¡Seguimos en Todos Nosotros de tarde! ¡¡Atención!!: ¡choque en Balvanera, cinco heridos y un auto volcado! ¡Enseguida vamos con eso! Pero antes: “¡Nuevo aumento del precio de…!”.

Capítulo 1. La desolación de Mau

La mejor estación para separarse no es, definitivamente, el verano. Uno viaja en micro, por ejemplo, y ya ni siquiera están los vidrios de las ventanillas entre uno y esas curvitas que se asoman de la ropa. Es una estación de pieles tersas que comienzan a transpirar.
Y no es que yo sea un pajero. Es que yo… no sé… debo ser… un pibe… s… sensible. Impresionable. En todos estos años no encontré otra explicación. Porque hay que ser muy, ¡muy insensible para que no te pase nada viendo tanta belleza junta!
Cinturas… Caderas…, muslos…
Pechos… y colas…
Y…
¿Qué?… ¿Cómo?…
¿Eso me hace un pajero? ¿De veras?… Bueno, ¿qué sé yo?, entonces, por ahí sí soy medio pajerito… Pero también con la literatura… y lo artístico en general. Creo que se podría decir con razonable certeza que, en definitiva, con todo lo que sea lindo, porque además me gustan los paisajes y las flores y toda esa cosa. También es cierto que me podrían tratar de maricón. Pasé de pajerito a maricón en el abrir y cerrar de dos prejuicios.
Pero que no se piense que soy un Casanova o un Don Juan. No. En todo caso, más bien sería un Don Juan a la menos uno. Es la verdad. Uno sobre Don Juan.
Treinta y dos, tengo, y hubo una época en la que ser virgen a los cuarenta me parecía más que una comedia, una proyección matemática: dos más dos: me moría sin ponerla. Hasta los muñequitos de colección, tenía… Tengo. Sólo me convencí de que no sería ése mi destino a los veintinueve años. Más precisamente, el 12 de octubre de 2011. A las 23:16. En ese momento consumí el acto. Si me preguntaban un segundo antes, no iba a saber contestar si pasaría o no. Hay un dicho… algo del pájaro que canta… que los pájaros canten no hace que sea de mañana o algo de que los pájaros no cantan hasta que cantan o… Bueno, como sea, en mi caso, cantó. En realidad, si nos ponemos exquisitos, técnicamente, no llegó a cantar la ópera completa, pero llegar a tiempo al estreno, calentar la voz, ponerse el frac, salir a escena, empezar a entonar las primeras notas y hasta haber arrancado un aplauso (creo), para mí fue misión cumplida.
Pero este pajarito se está yendo por las ramas. Mi amor por Paula, aunque no ando por ahí diciéndoselo a todo el mundo, desde aquella noche fue creciendo y creciendo. Yo no sé por qué no se dio antes con otra, pero a veces pienso que fue con ella porque así estaba escrito, si es que existe el destino. Con ella conectamos como no me había pasado nunca con otra. Tampoco tenía tanto para comparar, es cierto, pero ella me daba confianza. Porque la entendía. Teníamos una locura bastante parecida. Y era muy sensata en todo lo que hacía. No era que fuera una ingenua, porque sabía bien de qué iba el mundo, pero también sabía a dónde quería ir ella. Por ejemplo, en ese preciso momento, estaba en misa. Iba todos los domingos. Y me parecía perfecto que alimentara ese lado espiritual suyo.
Todo esto iba cavilando cuando la señora que subió al micro me miró raro (seguramente por el tamaño de la bolsa que llevaba yo), y me sacó de mis pensamientos. Además, como intentaba no molestar a los demás pasajeros, la tenía sobre mis piernas, casi tapándome la cara, así que debí de haber sido un panorama bastante raro. La señora estaba vestida de un rojo liviano y se terminó sentando detrás de mí. Subieron otras personas, así que con más razón mantuve la bolsa donde la tenía, vigilando cada tanto que no se aplastara el moño del envoltorio. ¡Cómo se iba a sorprender Pau cuando encontrara la notebook sobre su cama! ¡Con lo mucho que la necesitaba!
El viento que entraba cada vez que se movía el micro hizo un poco más corto el viaje. Ya casi llegando a la puerta de su departamento, tuve miedo de haberme olvidado las llaves que me había dado para emergencias, pero justo vi que estaba por salir del edificio un pibe. Estaba bastante transpirado. Igual, metí la mano en mi bolsillo y las encontré; todavía me faltaba abrir una puerta más. No se iba a enojar porque las usara para esto. El pibe, muy amable, me dejó pasar. Desde el hall subí al cuarto piso y entré. El departamento olía a ella, como siempre. Eso automáticamente me relajó. Me vino a recibir maullando Tulio. Tulio había sido un regalo de mis viejos. La puerta de su habitación estaba entrecerrada y él se metió antes que yo. Había pensado que le iba a dar una buena sorpresa, pero el que se sorprendió fui yo: entre una sábana finita estaba ella, con medio cuerpo destapado, transpirada. Puse la notebook detrás de mí, aunque pensé que ya la habría visto.
—Hola, amor. ¿Qué hacés acá? Pensé que estabas en misa.
—Hola. Sí, al final no fui, me quedé porque tenía demasiado calor. Qué susto me diste. ¿Qué hacés vos acá?
—Sí… Eh… Bueno, perdón. No era la idea que me vieras… Cerrá los ojos…
—Pará, vamos a tomar algo fresco a la cocina.
—En un ratito. Cerrá los ojos. Esperá… A ver… Abrilos, ahora.
—¿Qué…? ¡No! ¡No te lo puedo creer!… ¡Qué bueno!
Me dio un beso grande con una sonrisa proporcional. El gato jugaba debajo de la cama.
—Vení, vamos a encenderla en la cocina. ¡Me salvaste la vida! ¡No sabés cuánto la necesitaba!
—Dale, vamos, amor. Te sirvo algo fresco y rico, de paso. ¿Naranjas tenés?
Antes de pararme, agregué:
—Ah, te dejo acá, en la cómoda, la garantía y la boleta de cambio por cualquier cosa. ¿Y la bolsa…?—pregunté buscando con la mirada un lugar para dejarla.
—Dejala en el piso. Dale, vamos, que muero de sed.
Cuando apoyé la bolsa en el piso, cerca de la cama, noté un color extraño a su guardarropa en una tela que apenas sobresalía por debajo de la cama. Tiré, curioso.
Era un boxer de hombre.
—¿Qué…? ¿Amor, qué es est…?
—Ah, debe ser del boludo de mi hermano. Cuando llevé la ropa a lavar a lo de mi mamá, lo debo haber traído sin querer. Seguro lo metió sin mirar de quién era la ropa que se estaba lavando, el boludo.
Y entonces noté un movimiento debajo de la cama. Cuando miré mejor, me sobresaltó ver cómo desde las sombras se configuraba una cara humana. “¡Un chorro!”, pensé. Mi reacción instintiva fue dar un salto y quedar de frente a la cama. Creo que no dije nada. Habría querido decirle a Pau que corriera, pero mi atención estaba demasiado enfocada en el intruso como para pronunciar cualquier cosa. El hombre empezó a salir; como una araña. Primero, la cara y un brazo; después, la pierna, el tronco y, por último, la cintura. Ella estaba sobre la cama, con las piernas recogidas. La escena parecía una pesadilla. Vi mejor su cara y me di cuenta de que tenía mi edad, más o menos. Estaba acostado boca arriba. No terminé de entender la situación hasta que sacó su cintura y me di cuenta de que estaba completamente desnudo. Sentí como cuando alguien desafina; una fuerza me tiraba hacia adelante, para interponerme, porque yo no había quedado muy cerca de ella, y el chorro podía hacerle algo. También me di cuenta de que el pibe tenía una erección. Era bastante grande. Me apena decir que era más grande que la mía.
Entonces entendí. Él me sacó su boxer de la mano, se lo puso, la miró, le dijo “Después hablamos, bombón”, la besó en la boca, agarró el resto de su ropa y se fue de la habitación.
La miré. No podía decirle nada, no me salían las palabras. El calzoncillo era turquesa, amarillo y negro. Ella se acomodó el pelo detrás de su oreja derecha con la cabeza gacha y me dijo que fuéramos a hablar a la cocina. Yo no me podía mover. Apenas llegué a sentarme sobre la cama. No podía mirarla. Me pidió perdón. Me dijo que no me merecía eso, pero que ella ya no sabía qué hacer.
—¿Qué hacer con qué? —le murmuré, aturdido.
Se puso a llorar desconsoladamente.
—¡Soy una boluda! ¡Una boluda! Una pendeja que… Perdoname. Yo te amo y… Es la primera vez… Es que ya no sé cómo…
Su llanto fue tan amargo y tan desde las entrañas que me hizo sentir pena. Pensé que la gente hace cosas locas cuando está angustiada y con dolor. Y ella lo estaba desde hacía algunos meses. Se estremecía en la cama.
—Pará, pará. Si lo hiciste, es por algo. No es que no me revuelva el estómago, pero… ¡La puta madre! Si me querés dejar… ¿Pero ya habían cogido? ¡¿Es eso: me querés dejar?! ¡La reputamil madre que me parió a mí y al pibe este y al puto calor de mierda este! ¡Ahj! Mejor me voy…
Me paré. La miré de nuevo.
—¿Por qué no me lo dijiste?… Si me querés dejar… bueno, son cosas que pasan, supongo… ¡La recalcada concha de mi tía! ¡¿Por qué tenías que hacerlo así?!
El gato seguía jugando debajo de la cama. Ella lloraba sin decir nada.
—Encima, el gato… Me hace acordar a mi familia… Vení, Tuli, vení, negrito, que mejor te saco de la habitación, porque no puedo más.
Me agaché y metí la mano debajo de la cama, por donde escuchaba el ruido. Pero la saqué como si me hubiera quemado. Había tocado algo que no era peludo. Tibio. Era como piel. “¡Una rata!”, pensé. ¡Lo que me faltaba! Miré y… no. Por suerte sólo era otra cara de otro hombre que empezaba a salir, primero la cara, después una pierna, un brazo, la cintura, el torso, el resto del cuerpo y la erección también más grande que la mía. Igual que el otro, estaba muy transpirado. El llanto de Pau paró. Este pibe fue un poco más ubicado. Agarró su ropa y se fue sin decir nada. La miré. Había vuelto a llorar. Creo que yo también lloraba.
—Pau… No sé qué decir…
—Perdoname, no son nadie para mí, no me interesa una relación con ellos. Yo siempre te quise a vos en mi vida. Pero… pero… Cuando te dije que estaba mal… es por esto, ¿ves?… Vos no te abrís conmigo, y yo siento que no me hablás porque no te intereso, porque no me amás… Vos me rechazás a mí. Hace varios meses… Y yo ya no sé más qué hacer…—me dijo, entrecortada.
No contesté. Sonó el timbre. Seguí sin hablarle, agarrándome la cabeza. Golpeando ocasionalmente alguna pared. El timbre insistió una o dos veces más. Fue una buena excusa para salir de la habitación. No atiné a hacer otra cosa. Doblando por el pasillo para contestar, vi una figura, una espalda, yéndose. Semidesnuda. No era el otro pibe. Me apuré y vi que era una chica la que había salido del baño. No le vi la cara, pero la reconocí. Era una compañera de Pau de la facultad. Levanté el tubo y contesté el timbre.
—Sí —dije seco o sin aliento, no me acuerdo.
—¿Nos abrís la puerta de abajo?
Resoplé.
—Esperen que va una chica.
No contestaron. Tulio comía su comida, tranquilo. Lo envidié. Cuando calculé que ya habría llegado, les abrí la puerta.
—¿Abrió? —pregunté.
—Sí, abrió… ¡corneta!
Genial…
Pau me había ido a buscar a la cocina. Me explicó desde su alma que no había querido hacerme mal, pero que lo que ella tenía era miedo de perderme porque nunca había tenido una relación tan seria y profunda. Me pidió que no me fuera así, que habláramos un poco. Me dijo también que la había descuidado mucho en el último tiempo. Y que yo no le prestaba atención cuando ella me hablaba.
No era así.
Nos quedamos conversando unas cuatro horas, más o menos, y cuando me fui, Tuli estaba en sus piedritas, haciendo el número dos.

Prólogo

En la fila del banco, dos personas que parecían catedráticos de Humanidades, hablaban, y no pude evitar escuchar su conversación:
“‘La culpa no es del chanco sino del que le da de comer’, dijo Rubén llevándose un escarbadientes con mortadela y queso a la boca. En mi opinión hubiese sido mejor salame y queso, pero tenía razón: la culpa no es del chanco. La culpa era mía. Y ni siquiera sé si se puede hablar de culpa.
”Después de que el escarbadientes volviera a la pesca sobre la picada, Rubén nos contó una historia de cuando era chico. En su pueblo había un gran cualquier-profesión-importante-que-se-te-ocurra. Sí, seguro que había, digamos, más de un carnicero, pero había uno que era el más importante de todos. Y también había un pequeño de cualquier-profesión-importante-que-se-te-ocurra. Sonaba lógico. Un día, el gran maestro artista de su pueblo, Armando Cáceres, murió. Era el mejor compositor (hasta tenía una ópera que se había puesto en escena en Buenos Aires), actor, escritor y… bueno, ya sabés. Al funeral fue casi todo el pueblo y lo despidieron con llantos y remordimientos de repertorio como “Pero si ayer nomás lo vi y estaba regio”, “No somos nada, che”, “Qué barbaridad, era joven todavía”, entro otros. Resulta que Rubén se acordaba particularmente de ese momento por lo que iba a pasar después. Su pueblo funcionaba así: siempre tenía que haber una gran cabeza referente de cada profesión, de modo que a rey muerto, rey puesto. La conclusión lógica era que el lugar de gran artista lo encontrara a Santiago Nicolasi, un hombre de mérito, de sesenta y seis años y que además era poeta. Pero hubo un problema. Una disrupción en el orden. Sí, claro, Nicolasi ocupó ese puesto automáticamente ya desde antes de que se velara a don Artista, incluso, y fue debidamente reconocido en silencio contundente por todos. Pero alguien nuevo apareció en escena. Se trataba de un hombre poco conocido en el pueblo (¡y eso es decir mucho!). La primera vez que descolocó a todos fue en el cementerio. Apareció con una guitarra, la cara pintada de colores y blanca en el fondo, ropa suelta y a lunares y colorida. Y se puso a cantar entre los llantos solapados de los familiares, vecinos y admiradores de Cáceres. Cantó mal, pésimo: la guitarra tan desafinada como su voz, los colores derritiéndosele, y hasta la ropa sucia tenía. Y se puso a cantar “El swing de las paquitas”, de Xuxa. El payaso actuó (mal), contó chistes (sin remate), bailó (con la gracia de una heladera) y cantó otras canciones más (algunas de su propio puño, como “El muertito no baila”, “El swing de las parquitas, parte III”, “Eternamente pajeado”, etc.). Lo único que pudo interrumpir el estupefacto pudor de su público involuntario fue cuando se bajó los pantalones cerca del cajón. Ni el sacerdote ni nadie, la verdad, había atinado a hacer nada durante su show, pero ahora sí que reaccionaron. Le tiraron un piedrazo por la cabeza cuando estaba parado encima del cajón, agachándose como para cagar, al grito de “¡Total va a ser fertilizante! ¡Total va a ser fertilizante! ¡No se preocupen, está todo bien! ¡Es fertilizante!”. Lo bajaron de ahí como se baja a pajarito de un hondazo. Gran, gran escándalo. Los chismosos tenían para un año ya con eso. Después no pasó más nada por unos días. Hasta que pasó.
”Rubén no sabía si era moda o qué, pero otro de los que no iban a heredar el trono, en este caso un carpintero, empezó a hacer cosas raras. En su caso, no había desaparecido el patrón Carpintero, pero se entusiasmó con el torno y la lija, y empezó a hacer figuras fálicas y a dejarlas de noche por distintas partes del pueblo, con alpiste en la punta, para sorpresa de las abuelitas, que amanecían al espectáculo de una bandada de pajaritos acicalando un pito del tamaño de una butaca de bar y más también. ¡El escándalo! Además, sus nuevas sillas empezaron a tener dos patas y media, las persianas eran triangulares, las bibliotecas parecían hechas por un nene de tres años. Pero cuando supieron quién había sido el de los pitos, eso ya no era problema: había cosas peores por todo el lugar. Albañiles, médicos, policías, verduleros, vírgenes, mecánicos, todos, toditos se habían desmadrado. Era el acabose. Todos haciendo mal su trabajo. Era como una enfermedad, se contagiaba y no se sabía por qué. Don Méndez un día era el Herrero en persona, y al otro le soldó a Mabel (no sin gracia) todo lo que tenía en su necessaire a la reja de la entrada, y corría palomas en ojotas con medias hasta las rodillas. Y dibujaba arbolitos cuando meaba en la calle. Y así fueron cayendo todos, hasta los reyes de la cualquier-profesión-importante-que-se-te-ocurra. Rubén se había ido del pueblito con sus padres cuando era chico porque cada vez se podía hacer menos… aunque, la verdad, cada vez se necesitaba menos, también. Si se te rompía una cañería, al plomero lo ibas a encontrar colgado del campanario de la iglesia jugando a las figuritas con su amigo invisible, pero capaz que te la arreglaba el repostero. Eso sí, no esperaras que la dejara como la había encontrado: te la podía extender para que saliera de debajo de la mesada y hacerte una escultura enfrente de la pileta de la cocina con los caños de PVC.
”Según le habían dicho, el pueblo todavía existía.
”A lo mejor, reflexionó Rubén, no sabía, pero a lo mejor, aun en esa locura, habían encontrado, después de todo, una forma de sobrevivir. A lo mejor, desde el primer payaso al último, ¿eran todos locos o sabían lo que hacían? ¿Era involuntario lo que pasaba? ¿O habían visto algo que el resto, los que se fueron del pueblo, no había visto?
”‘Yo no sé —dijo Rubén— la culpa no es del chanco, la culpa es del que les dio de comer primero, al principio. ¿Quién nos enseñó a ser felices? Loco se nace. Por ay se empieza la revolución’, sentenció.
”Lo miré por unos instantes y le dije que su historia estaba pésimamente contada, que carecía de novedad alguna, que la estructura era paupérrima, la verosimilitud fallaba de pe a pa, que ni me hiciera hablar de la voz narrativa, y que no me imaginaba ni al peor improvisador de historias contando una tan sin gusto a nada.
”Contestó que para encontrar la respuesta, fuera al límite entre la literatura y la vida. Y una vez ahí, que me animara a saltar a la vida. Y pronunció como si se tratara de un mantra de una sola palabra, la palabra “pandemia”.
”Después sonrió.

”Con sonrisa de guasón”.