Fragmento. Capítulo 7

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Capítulo 8. Ocho

Ay, ay, ay, ay, ay… ¿Por qué no habré ido en la escuela? Bueno, bueno, tranquilo, tranquilo. Faltan ocho cuadras y ya estás, vejiguita querida. Uy, la plaza… Pero es pleno día… Sí, pero… muejejeje… Ah, no, pará, está la escuela católica esa… Ma sí, yo encima no me voy a hacer.
“Mauro se aproxima al arbolito, y lo encara. Se desabotona… (‘¿Por qué me tuve que poner hoy el de botones, me querés decir, pelotas? Siempre lo mismo, vos’, piensa). Se desabotona y mira hacia atrás. Los chicos empiezan a salir gloriosamente: eran las cinco y media. Con sus uniformes, sus mochilitas, las señoritas que los acompañan hasta la puerta, la doble filita de autos… Suena el teléfono. Atiende sin mirar. No había tiempo, podía ser Paula”.
—¡Holá!
—¿Qué hacés, man?
—Martin… ¿Cómo estás? Me agarraste volviendo a mi casa.
“Con una mano sostenía el teléfono y con la otra intentaba maniobrar para sacar el pitino. A la vez, daba vuelta la cara cada tanto para asegurarse de que ninguno de los chicos lo vieran: sus papitos y mamitas bajaban a buscarlos, con sus zapatitos y tareítas para la casa, sus mejillitas arreboladas, y sus manecitas en punta, justo como sus deditos señalando al pedófilo que se hacía una pajita en la placita”.
¡AH, no, no, no!
—Perame un cachito, Martin… ¿Qué me decías?
—Que cómo te fue el sábado con Ladilla exprés.
—¡¿QUÉ?!
—Con Marianela, boludazo.
—¡¿“LADILLA EXPRÉS” LA LLAMAN?! ¡Hijo de puta, ¿cómo no me dijiste antes?!
—Ajajajaja, tranquilo, chabón, está todo bien.
—No, no está to…
“Guardada ya la gaviotita, y casi cruzando la plaza, Mauro es interceptado por una camionetita de la policía”.
—¡Caballero! Sí, a usted, caballero, no se haga el sota, a usted le hablo. Venga conmigo.

CONTINUARÁ…

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Capítulo 7. Continua resurrección perpetua

Porque cualquier momento es bueno para renacer, pero el capítulo siete creo que me sentará mejor. Es el siete, uno de mis preferidos. Hasta acá llegan las riendas, ya no más rebenques ni más yugo comandados desde otras pestañas. Acá planto mi ropa, el disfraz, y hablo con mi piel y mi ombligo de frente al mundo. Acá me planto de verga al frente. Miren lo que miren, se van a encontrar con esto: una piel a veces pringosa, que se pone vertical y otras veces, horizontal; que parece ser sustrato fértil para todo tipo de vegetación enrulada: desde el pecho, las piernas, la espalda, los brazos, los hombros, la panza, a mis arbolitos y arbustos les nace una tinta corta y dulce que trepa a papel, a veces, desde donde se desliza como en un parque de diversiones hasta otras pieles de otros sabores y aromas. Escribir es hacer público el arte de lamerse las heridas y cuán desarrollado lo tiene uno. Escribo porque no quiero ni puedo malgastar mi energía en evitarlo: sería evitar toda mi vegetación. Escribo como una fuerza de la naturaleza, no por lo majestuoso, sino porque está acá, en mí: escribo como llueve: ciego, o furioso, o fugaz; oportuno o a destiempo, lindo y feo. Oportuno y a destiempo; ciego y furioso y fugaz. Ustedes elijan, pero yo voy a estar arriba de nuevo, preparándome para lanzar más avioncitos de papel; no hay opción para mí y no lo voy a eludir más. Es eso. Eso es: escribo porque (y como) soy el que siempre baila a destiempo, tropezándose con recuerdos y reflexiones de otros momentos torpemente desligados. Escribo y rezo para ser cada día más puro: cada día más malo, si es necesario. Escribo como quien vomita una hilera de mariposas de fuego. Saldrán tal vez polillas de fuego, o alfileres ganchudos, o caca, pero es lo mismo: son mariposas para mí porque son lo que me salió en el momento. Y me sirvo de eso.
Hay personas que salen al mundo con ganas de comérselo aunque en realidad quieran decir “cogérselo”. A todos ellos les dicen mis mariposas travestis, las mismas que van a intentar levantarme y llevarme para adelante en el camino a la iluminación (que en realidad son yo mismo), a todos ellos les dicen “Cuidado con la trampa del deseo. Cuidado con el abrazo derecho de la muerte, que se disfraza de gloria”.
Yo soy nada. Yo soy todo, que es nada. La vida late dentro de mí, como dentro de vos, y muchos me van a llamar “perdedor”. Pobre. Boludo. Gordito gil. Fracasado. Anormal. Y sí, lo seré. No, no tengo coartada. Se trata de atravesar todas esas cosas, esas ideas, esos conceptos, como nubes.
Sólo importa el zazen. Todo es la Vía. Y por eso todo es reverenciable. Y a la vez todo es joda. Ahí quiero ir, aunque me cueste mucho a veces.
Fundo aquí la declaración de mi fuerza de volver a nacer el mismo día de mi antiguo cumpleaños, a la misma hora, y también en todo momento presente.

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Capítulo 6,5. La pelota no se manchó. Qué pena

—Bueno, sabíamo que iba a ser un rival duro. Obviamente que ellos están muy bien entrenado, juegan muy bien a la pelota, manejaron más la pelota que nosotros, y nosotros lo jugamo como una final, pero… pero no fue suficiente. No hay partidos fáciles a esta altura. Nos vamo sabiendo de que dejamo todo en la cancha. Creo… eh… que tuvimos bastante oportunidade de gol que no la supimo aprovechar, y ellos llegaron, pero… pero tampoco pudieron convertir… Y bueno, el fútbol es así.
—¿Y ahora?
—Nada, seguir entrenando, pensar en el próximo partido, y revisar seguramente lo que estuvimos mal con el entrenador y, nada… agradecer a la gente, que siempre nos apoya y decirles que vamos a seguir entrenando duro como siempre y que esperamos darles una alegría pronto.

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Capítulo 6. La geta sanmartiniana. Parte IV

Me pidió que fuera completamente arriba. Olía a maquillaje, ella. No sé qué perfume esperaba encontrar (¿tal vez el de la piel de Pau?), pero el de ella me llevaba a un restaurante con cubiertos de plástico y paredes y luces blancas. Sus besos se habían vuelto rabiosos para ese momento. Me pasaba los dedos por el cabello. Cada vez respiraba más fuerte. Yo quise, de veras quise, no pensar en lo que pensé en ese momento: yo sabía que afuera, detrás de mí estaba la noche, las esplendorosas estrellas quemando el espacio, que en ese mismo momento las órbitas de los planetas y de los satélites naturales y de otros cuerpos se mantenían regidas por leyes pasmosas en su belleza, y que la Tierra era grande, inmensa, con tantas y tan diversas historias para entretenerse una vida entera y más: yo sabía todo eso, y ni aun el nudo en la garganta de mi orgullo, incluso derruido como estaba, me impidió pensar en Pau. ¿Ella habría gemido para sus amantes como esta chica gemía ahora? Seguramente… ¿Lo estaría haciendo este sábado a la noche? ¿Qué habría estado haciendo yo mientras en otra parte del mundo, una no tan lejana, por cierto, mi existencia se había derretido por las verjas de su conciencia? La crueldad de dejarme ir así, de olvidarme, de dejar morir mi recuerdo por unos minutos, el del chico que no supo nada mejor para ofrecerle… el de uno que confiaba en ella… Por ahí si le hubiera prestado más atención… Pero yo lo hacía, en serio, yo le prestaba atención… Los otros tres (porque su amiga también estaba) serían mejores que yo. ¿Por qué, por qué así? Me pidió perdón después, estaba realmente arrepentida. Todos podemos hacer locuras cuando… ¿Y qué habría estado haciendo yo mientras ella…? La señora de rojo liviano, el moño, el viento por la ventanilla en mi cara, las llaves, la mano buscando, buscando el botón de mi pantalón, ahora completamente arriba de ella, la mano insistente, es difícil desprenderlo desde adelante, la mano que no se detenía mientras me besaba el cuello, el pecho, la camisa a medio abrir, Pau sentadita arriba de la cama con dos porongas gigantescas debajo, como si nada, la desprendida, finalmente, la mano que encuentra la nunca bien ponderada ropa interior, mi vista levantándose y notando con curiosidad la biblioteca, ¿qué libros tendría?, porque si me iba en una horita llegaba a ver dos capítulos antes de que amaneciera, la otra mano por debajo de mi camisa, por la espalda, pasando por mi panza, más gemidos de ella, la conciencia de recordar dónde estoy y para qué, el automático chequeo de todos los sistemas, loading…, departamento de olores: snif, snif: ok, departamento de entrar la panza: ¡ay, ay, ay, ay, ay! (a lo Alfa), ¡alerta!: ejecutando programa de emergencia: panza adentro… fiu…, ¿Pau estará desvistiéndose en este momento?, ¿estará con las piernas abiertas, dejando entrar a alguien, o rogándole que no la haga esperar más y lo haga de una vez?, Marianela mete mano por afuera del bóxer, buscando una ventana, quiero ponerle pausa a todo esto, la ciencia ficción, en cambio, es tan afable… … … departamento de aliento: ok… zafa… gusto a alcohol, sí, pero ella también, sí, sí, zafa, depart… ¿qué?, ¿qué es eso?… oh, no… no, no, no, no ahora: ¡ALERTA!, ¡ALERTA!: zona: panza; problema: ¡contingentes de batallantes que aparentemente habían quedado rezagados están movilizándose!, ALERTA, ALERTA, ¡cierre las escotillas, capitán!, Marianela penetra el último puesto de vigilancia, llega al meollo del asunto (corriendo programa en segundo plano: Ministerio de la Erección: loading… ¡¡¡ALERTA ROJA!!!, ¡¡¡ALERTA ROJA!!!) ¡¡¡ALERTA ROJA!!!, ¡¡¡ALERTA ROJA!!! Corriendo concentración, corriendo concentración: “no la mires, a ver si te pone cara de ‘¿cómo no se te puso dura todavía?’, olvidate de todo, de todo, ¡emergencia!, ¡emergencia!, ah, ah, ah, no me paniquees acá, vamo, vamo, vamo, ¿qué somos? puro instinto… eh… un hombre salvaje, eso, de las cavernas… ¡homo erectus!, sí… ¡homo eructus!, jeje… boludo, boludo, no es tiempo para bromas!!! Evitalas!!! Ja, como Sor Juana que como no podía evitar escribir versos, decía que aunque la azotaran, sus gritos serían en rima! Sos boludo vos? Pensar en Sor Juana, que la queremos un montón, sí, pero pensar ahora en ella? Me estás jodiendo, vos…”; mi panza se mueve: run, rumn, ouu…; corriendo concentración_2: “soy un bombero y ella está atrapada en un edificio en llamas, la vine a rescatar, de casualidad, es una policía, tiene el uniforme… portaligas”, a ver, a ver…: nop… cero señal de erección, señor… che, no te parece un poco paja de tu parte hacer una especie de fluir de la conciencia para representar esto? digo, está medio quemado eso ya, no? no se te ocurrió nada mejor? Realmente? Estamos tratando de entrar en juego y ahora sos vos el que se me pone a hablar del fluir de conciencia? Eso sí me va a inspirar? (te miro de costado con ceja levantada y saco trompa), rápido, rápido: “colegiala, enfermerita, policía, secretaria, paciente, policía, colegiala, panadera, ‘¿panadera?’, sí, sí, qué sé yo, metele, mal no va a hacer…” ¡¡¡ALERTA!!! ¡¡¡ALERTA!!! AY, AY, AY, AY, AY!!!… … … No la mires, está intentando ayudarte, ya se dio cuenta!!!, se dio cuenta!!! SIN PRESIÓN PERO SE DIO CUENTA!!! AHORA O NUNCAAA!!!! ah, ah, ah, ah… … ah… … … … … .. . .. . . . . oh… oh, no… oh no no no… … … … esto está muy mal… … .. .. .. . . .. nada che… .. … … … … … … … (Pau…) … … . .. .. . .. . . . . .. bueh… … … … … .. . .. ok, corriendo programa Aceptación de la situación: ejecutando retirada_01: huyendo cual palometa… … … … .. .. .. .. … .. .. .. .. .. … .. . .. . . . .. . . .

Llegué a mi casa después del amanecer. Fui directo a la cama después de lavarme los dientes. Otro día sin estrenar la serie…
Soñé que si mi vida fuera una sitcom de superhéroes (¿por qué nadie había hecho una todavía?), podría llamar a este capítulo “Virgoman”. Aunque “Virgoboy” sería un poquito más ácido. Sí, Virgoboy. Al rescate.

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Capítulo 5. La gestalt sanmartiniana. Parte III

De los confines del mundo, a veces, algunos hombres son llamados a descubrir una nueva tierra, a liberar un pueblo oprimido, a revelar verdades existenciales. “Son pocos, pero son…”, son elegidos, pero son seres que sienten el llamado en sus venas. Es tan potente la voz que flamea junto a sus nombres, que ésta parecería venir de su propio interior, y es tan incisiva, que hasta parecería imposible distinguir la invocación del invocado. Los grandes seres humanos han escuchado y atendido ese llamado. Siempre los imaginé interrumpidos en sus quehaceres cotidianos por la maciza y puntiaguda voz. No escucharla es de necios. Todos ellos marcharon. Ciegos de ver con tanta claridad, ciegos con los ojos fijos en el horizonte. Profetas en su propia sangre. Invencibles. Arrolladores. Así me los imaginaba. Y ahora, en ese bar que el polvo borraría, en ese tiempo tan tiempo como cualquier otro, en medio de una enorme crisis personal ínfima que se hacía añicos frente al compás de las esferas, con la camisa ésa que llevaba fabricada quién sabe por quién, hablando con una chica cualquiera, me había tocado a mí. Mauro. Lo entendí. Era yo, no era otro. Se acabaría todo allí mismo: presentí el peligro y actué sin pensar. No sé por qué no dije nada, simplemente hice. Al igual que los otros llamados.
—Disculpameyavuelvo.
Me levanté. Los ojos fijos. La gente se interponía en el camino. Como con torpe pereza premeditada. Yo los empujaba. Era una flecha al viento, desgarrando los obstáculos hasta llegar al objetivo. Bebidas que podían derramarse, gente de espaldas que podía caerse, asientos que se balanceaban, personas que pretendían ir hacia donde yo iba pero que a último momento se desviaban. Y yo esquivaba, deshacía parejas que iban tomadas de la mano, pivotaba y rotaba, y seguía, seguía andando. Así, tras una de las más grandes batallas libradas alguna vez por mí, finalmente lo logré: fue una danza trémula, con la correspondiente obertura del papel, la de bajarme el pantalón y defecar. Por no decir que me desglosé encima. Eran la pimienta y su grito crudo de venganza. Había entendido en lo profundo del ser que era eso todo, el momento trascendental, cúlmine. Fue caldeado, cruel, el asunto. Una contienda sin cuartel. La tierra tembló y el campo de batalla se tiñó de varios colores. Colores de muerte y resurrección, colores de la tierra que corre al encuentro de la tierra, colores anchos que fluyen para encontrar el batallón afluente. Colores…, y la ce es optativa.
Fue espeluznante. Como todo hombre de guerra sensato, no festejé (porque el festejo parecía la estupidez suprema), y apenas tuve la oportunidad, me retiré del lugar tras la reglamentaria redada para recoger heridos y limpiar los desastres sobre el campo de batalla.
“Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo:”
—¿Qué hacés? ¿Sos boludo, vos?
—No, es que…
Martín me había interceptado mientras volvía a la mesa. Estaba acompañado:
—Ella es María.
María era alta, de rasgos finos, e impactante. La mirada de cualquiera sucumbía ante la personalidad irrefrenable que atravesaba sus poros.
—Encantada, María de los Ángeles.
—Mauro, mucho gusto —nos dimos un beso.
Martín le dijo algo al oído y ella se fue. A él se lo veía como siempre, relajado. Estaba más preocupado por mi situación que ocupado en la suya. Me dijo:
—¿Podés creer que me la encontré acá? Qué leche la mía, ¡eh! ¡Je!
—Eh… Sí, qué casu…
—Andá con Marianela, vos. Mirá que te la están buitreando…
Era así, ella charlaba animadamente con dos flacos. Le dije con vergüenza a Martín:
—Che, no sé… La verdad es que pasó muy poco tiempo y yo no estoy… —suspiré—. Todavía pienso en Paula… Fueron cuatro años… No, no estoy bien…
—¡Dale!, ¿vos te pensás que en esta semana que pasó desde que cortaron ella no comió ya?
Martín tenía el don de ser estridentemente descarnado en su puntería. Y no era muy fan de la psicología, tampoco. Me dijo que él se iba a quedar un rato más, porque estaba con Yésica y Jimena, que no le daban tregua. Entonces fue hasta la mesa y trajo a Marianela hasta donde estaba yo.
El taxi a su departamento pasó rápido y sirvió de antesala. Besaba… sí, besaba bien, no puedo decir que no… pero… entre nosotros, la noche estaba linda para… viajeros y paradojas temporales, sí, sí, ya sé, no me peguen. Por suerte, bajamos del auto directamente a su habitación y no pasó por el baño. Caímos sobre su cama, ella abajo, y yo arriba y un poco al costado.

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 Continuará… (sí, la escena de sexo continúa en el próximo capítulo… pajarito).