Capítulo 5. La gestalt sanmartiniana. Parte III

De los confines del mundo, a veces, algunos hombres son llamados a descubrir una nueva tierra, a liberar un pueblo oprimido, a revelar verdades existenciales. “Son pocos, pero son…”, son elegidos, pero son seres que sienten el llamado en sus venas. Es tan potente la voz que flamea junto a sus nombres, que ésta parecería venir de su propio interior, y es tan incisiva, que hasta parecería imposible distinguir la invocación del invocado. Los grandes seres humanos han escuchado y atendido ese llamado. Siempre los imaginé interrumpidos en sus quehaceres cotidianos por la maciza y puntiaguda voz. No escucharla es de necios. Todos ellos marcharon. Ciegos de ver con tanta claridad, ciegos con los ojos fijos en el horizonte. Profetas en su propia sangre. Invencibles. Arrolladores. Así me los imaginaba. Y ahora, en ese bar que el polvo borraría, en ese tiempo tan tiempo como cualquier otro, en medio de una enorme crisis personal ínfima que se hacía añicos frente al compás de las esferas, con la camisa ésa que llevaba fabricada quién sabe por quién, hablando con una chica cualquiera, me había tocado a mí. Mauro. Lo entendí. Era yo, no era otro. Se acabaría todo allí mismo: presentí el peligro y actué sin pensar. No sé por qué no dije nada, simplemente hice. Al igual que los otros llamados.
—Disculpameyavuelvo.
Me levanté. Los ojos fijos. La gente se interponía en el camino. Como con torpe pereza premeditada. Yo los empujaba. Era una flecha al viento, desgarrando los obstáculos hasta llegar al objetivo. Bebidas que podían derramarse, gente de espaldas que podía caerse, asientos que se balanceaban, personas que pretendían ir hacia donde yo iba pero que a último momento se desviaban. Y yo esquivaba, deshacía parejas que iban tomadas de la mano, pivotaba y rotaba, y seguía, seguía andando. Así, tras una de las más grandes batallas libradas alguna vez por mí, finalmente lo logré: fue una danza trémula, con la correspondiente obertura del papel, la de bajarme el pantalón y defecar. Por no decir que me desglosé encima. Eran la pimienta y su grito crudo de venganza. Había entendido en lo profundo del ser que era eso todo, el momento trascendental, cúlmine. Fue caldeado, cruel, el asunto. Una contienda sin cuartel. La tierra tembló y el campo de batalla se tiñó de varios colores. Colores de muerte y resurrección, colores de la tierra que corre al encuentro de la tierra, colores anchos que fluyen para encontrar el batallón afluente. Colores…, y la ce es optativa.
Fue espeluznante. Como todo hombre de guerra sensato, no festejé (porque el festejo parecía la estupidez suprema), y apenas tuve la oportunidad, me retiré del lugar tras la reglamentaria redada para recoger heridos y limpiar los desastres sobre el campo de batalla.
“Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo:”
—¿Qué hacés? ¿Sos boludo, vos?
—No, es que…
Martín me había interceptado mientras volvía a la mesa. Estaba acompañado:
—Ella es María.
María era alta, de rasgos finos, e impactante. La mirada de cualquiera sucumbía ante la personalidad irrefrenable que atravesaba sus poros.
—Encantada, María de los Ángeles.
—Mauro, mucho gusto —nos dimos un beso.
Martín le dijo algo al oído y ella se fue. A él se lo veía como siempre, relajado. Estaba más preocupado por mi situación que ocupado en la suya. Me dijo:
—¿Podés creer que me la encontré acá? Qué leche la mía, ¡eh! ¡Je!
—Eh… Sí, qué casu…
—Andá con Marianela, vos. Mirá que te la están buitreando…
Era así, ella charlaba animadamente con dos flacos. Le dije con vergüenza a Martín:
—Che, no sé… La verdad es que pasó muy poco tiempo y yo no estoy… —suspiré—. Todavía pienso en Paula… Fueron cuatro años… No, no estoy bien…
—¡Dale!, ¿vos te pensás que en esta semana que pasó desde que cortaron ella no comió ya?
Martín tenía el don de ser estridentemente descarnado en su puntería. Y no era muy fan de la psicología, tampoco. Me dijo que él se iba a quedar un rato más, porque estaba con Yésica y Jimena, que no le daban tregua. Entonces fue hasta la mesa y trajo a Marianela hasta donde estaba yo.
El taxi a su departamento pasó rápido y sirvió de antesala. Besaba… sí, besaba bien, no puedo decir que no… pero… entre nosotros, la noche estaba linda para… viajeros y paradojas temporales, sí, sí, ya sé, no me peguen. Por suerte, bajamos del auto directamente a su habitación y no pasó por el baño. Caímos sobre su cama, ella abajo, y yo arriba y un poco al costado.

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 Continuará… (sí, la escena de sexo continúa en el próximo capítulo… pajarito).

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