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Capítulo 4. La gesta sanmartiniana. Parte II

Las chicas llegaron y nos ofrecimos para ir a pedir los tragos. Marianela era… distinta a la chica de la mesa. Y a Paula, ¡pero dejá de ser tan forro y pensar en eso, ¿querés?! No era exactamente mi tipo de mujer. Y no era que fuera fea ni nada, pero, en otra situación (es decir, si yo pudiera haber elegido), habría ido por otro lado. Por el de los viajes en el tiempo de la serie que tenía en casa, casi seguro.
Sus ojos murmuraban alguna lengua asiática o mora, no sabía distinguirlo. Probablemente lo segundo, por la tez apenas cobriza de su piel. Su sonrisa era amplia y sus pómulos y labios, modestos e insinuantes a la vez. No, no era nada fea. Análogamente, tenía una forma de hablar con el cuerpo… su discurso parecía no tener tiempo para giros retóricos. Ella toda abundaba en catáforas, especialmente a través de los dos puntos; y las mayores sutilezas de las que era capaz apuntaban hacia un único punto final. Tuve la impresión de que el discurso de su cuerpo era más bien una cadena nacional. Lo contrario de la chica de la mesa: con ella podríamos quedarnos horas hablando de cualquier cosa, ella y yo, y caminar hasta la parada del micro en la madrugada, esperarlo con viento y frío, aguantar juntos alguna lluvia que inunde toda la ciudad, dormir abrazados; pero estoy delirando. En fin, Marianela era una linda y atractiva chica, y ella lo sabía. Era blanco de una sed anclada en las nubes. Como ese primer capítulo que me esperaba con los subtítulos ya descomprimidos y todo. Pensé que podría verlo una vez que volviera, aunque fuera muy tarde. Ella tenía unos pantaloncitos. Sus piernas eran muy, muy lindas, sí. Daban ganas de tocarlas. Sí… Creo que he subestimado la felicidad de ver una buena serie o película en la comodidad del hogar.
Tomamos un poco y me fui rebajando como jugo Carioca. Martín y Yésica se habían ido a la barra para no volver por lo menos por un rato largo. No congeniábamos mucho; ella hablaba de sus tragos y bebidas preferidos, y yo intentaba hablar de la banda que acababa de tocar. Pero nos quedábamos por otra cosa. A cada chica que entraba o pasaba cerca de nosotros, yo la miraba por varios segundos, porque no le creía a mis ojos que no fueran Pau. Era casi como si quisiera verla con otro y sacarme, de una vez por todas, la angustia de que nos pudiéramos cruzar. Pero ninguna era ella.
Toda la pantomima iba normalmente hasta que algo ocurrió. Y en este punto quiero ser minucioso, porque corrí peligro yo y todos los que estaban en el establecimiento. Fue una desgracia con suerte. Me gustan poco y nada los lugares hechos del lenguaje, pero la gravedad del asunto fue tanta, que me permito el desliz.

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