Capítulo 11. Cinco

Di la vuelta a la esquina y encaré al primer árbol que había. Bueno, estrictamente hablando, era un arbolito… recién plantado… que no tapaba nada… hasta tenía las cuerditas con las que te lo venden, todavía. Y bueno, yo lo estrené.
Con la solemnidad de un condenado que camina hacia al cadalso, me descalcé y me deshice en bendiciones. Que ese cachorro de árbol creciera fuerte (¿qué culpa tenía yo si no era así?; el orín no le hacía nada, ¿no?), que diera lindas hojas y frutos (si era que daba frutos) y sombra y raíces sólidas (como mi chaleco antibalas), que nunca le faltara fotosíntesis. Mientras tanto, los autos seguían pasando, y el chorro no terminaba más. Más, más ,más, másm ,ásm, más, más, más, más, no más, más no terminaba más no, terminaba másno terminaba deciles chau, pitufo Fortachón, que te saludan desde el auto con bocinazo y chiflido, más no terminaba más no terminaba más no, terminaba, capaz, ah, no, ah, no pará, a ver, me espera la cana, ahhhhh… Terminaba… Ahora sí… Ahhh… De pronto, el mundo era otro. Había solcito. Genial.
Volví a la camioneta caminando erguido para recuperar mi DNI, el cual había retenido la ofisexy para que no me las tomara. Me senté atrás. Pasó el tiempo. Gandulfini no volvía. Me empecé a aburrir. Bastante. La sexoficial había bajado y se había ido para donde estaba Gandulfi. No los veía. Habrá pasado hora, hora y media. Así que… me subí al mismo bote al que me subo siempre. Con rumbo desconocido, tan adentro que parece que salgo:

“Yo te digo, acá la posta no la sabés nunca, vo. No sabés nada cuando sos pendejo, pero después te rescatás. Acá, cuando apagan la luz, pueden entrar después.
—Vamo ahora, gato. No armé bondi, salchicha.
—¿Y la Chata dónde se metió? Siempre dice que viene y después no aparece.
—¿Eh, Chata trola, dónde te metiste?
—Cerrá el culo, que nos van a oír, puto. Andá al baño a fijarte.
—Mirá qué zorra que son: la Chata y la Pelela andan hablando en el baño como si nada. ¡Eh, cotorras, cierren el pico que el Papagayo dice que vayamo ahora!
—¡Bueno, eh, bajando el tonito, eh!
—Callate, cotorra.
—¡Chupame la zanja!
—¡Callensé los tres!… Dale, Tubito del suero, abrino la puerta.

Basta de medios

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Capítulo 10. Seis

Previamente… en Las inefables aventuras de un chico de goma…:
—Martin… ¿Cómo estás? Me agarraste volviendo a mi casa.
—¡¿La cana?! ¿Qué hiciste ahora, Maurito? Jajja.
—Chabón, ¡¿te estabas masturbando en con la Billiken?!
—Turulo me vas a dejar el flancito, dijo la caperrusita soviet. “Aj aj aj”, se ríen allá.
—¡¿“LADILLA EXPRÉS” LA LLAMAN?!
—Más paja que Papá Noel en vacaciones de invierno.
—Estamos necesitando testigos para un allanamiento. Subasé al pony nomás. Operativo antimicótico. Ahí tiene el talco. Póngaselo. Acá, adentro del vehículo, va a estar seguro…

Así que ahí iba yo: el oficial Gandulfo, su compañera sexy y yo atrás. No sé bien por qué me levantaron ahí, pero el allanamiento era a unas veinte cuadras, más o menos. O sea que… Sí… mejor ni pensar en lo que tuve que vivir cada vez que don Gandulfo se comía un pozo con la camioneta. Cada pozo era una nueva vida y muerte que se creaba y destejía dentro de mí. Mi vejiga era el universo en constante Big Bang y Big Crunch.
Gandulfo estacionó y se bajó. Miró que tuviera el chaleco puesto. “A comerla”, pensé: lo tenía bien puesto ya. Nos quedamos solos con la oficial sexy.
Y, como dice el refrán, cuando la vejiga aprieta, el botón se afloja: me animé a hablarle a la oficial, habiendo antes cumplido con el infaltable mantra mío: “ya fue, chabón, no te la vas a levantar, ¿qué más da hablarle?”.
—Disculpame, ya sé que se supone que me tengo que quedar en el auto, pero necesitaría usar un baño. Y como no hay por acá, ¿podré bajar? A dos cuadritas hay una plaza…
Me miró con cara de “gracias por esta hermosa anécdota de la que podré sacar jugo por una semanita, por lo menos” y me dijo:
—Es muy lejos. Si querés, andá a la esquina.
A lo que yo pensé “¡¿Qué?! ¡Todavía es de día, pasan muchos autos, y encima, con lo que me cuesta hacer en mingitorios a mí, imaginate en plena calle! ¡La exposición! ¡Presa fácil del escarnio! No, no, ¡¿qué, qué voy a hacer ahora?!
—Bueno —respondí.
La esquina no llegaba más y no había tiempo para el decoro. Era un hombre de acción desabotonándose la bragueta mientras caminaba. Los autos pasaban. El cielo estaba gris, me pareció.

Cap 10 cana

Capítulo 9. Siete

—¡Caballero! Sí, a usted.
—Martin… pará que estoy… tratando… de hacerme…
—¿Una paja? Insaciable el chabón, eh. Ajajaajja.
—No… Estoy tratando de hacerme el boludo… me quiere parar un cana.
—¡¿La cana?! ¿Qué hiciste ahora, Maurito? Jajja.
—Creo que nada. ¡No!, no “creo que”, nada: ¡no hice nada!
Entonces el teléfono se me cayó y no pude negarme más: que fuera lo que fuera. Mi trasero quedó expuesto y al viento mientras me agaché, blanco perfecto para el oficial. “DOCENTE SECUNDARIO TOCÁNDOSE EN ESCUELA”, “OTRO DOCENTE ABUSADOR”, “DOCENTE INDECENTE”, “DOCENTE LE HACE PLÍN PLÍN A LA DECENCIA”, “DOCENTE ACARICIA MASCOTITA DEL JARDÍN DE INFANTES”, “RIVER 5, HURACÁN 0: DOCENTE SE HACE LA PAJA FRENTE A ESCUELA PRIMARIA”, imaginé que serían algunos de los titulares. El policía estaba cerca.
—Hola, Martin. Disculpá… Se me cayó el celular… Estoy tratando de… Lo tenía con el hombro… botones de mierda… tengo la bragueta abierta, encima, todavía, y se me…
—¿Qué hacés con la bragueta abierta en la calle? ¿Y la cana? Chabón…
—Caballero, ¿no me escucha? ¿Qué hace? Documento, por favor…
—Eh… S… Sí, oficial…
—Chabón, ¿te estabas masturbando en público? ¡Qué chabón! Clavarse una en el medio de la calle… eso ni yo…
—NO ME ESTABA MAST… Je… ¿Todo en orden oficial?
—Acompáñeme al móvil, señor.
—Martin, te tengo que cortar. Me lleva el oficial.
—¡¿Qué?! ¿Qué pasó, man?
—Nada, después te llamo. Abrazo.

El policía miró mi documento, me miró a mí, volvió a mirar el documento. Me dijo:
—Criollo el apellido, eh… —mi apellido tiene cinco consonantes y dos vocales.
—Ah, sí, jeje —fingí la risa como el agua escapa a raudales de una represa agrietada.
—Le explico, caballero. Estamos necesitando testigos para un allanamiento. Usted está en condiciones. Subasé nomás. Operativo antidrogas. Ahí tiene el chaleco. Póngaselo. Acá, adentro del vehículo, va a estar seguro.
¿Y en qué pensé, entonces? Sí, la compañera del oficial estaba linda, pero bajo esas circunstancias pensé en otra cosa: en que así habían empezado muchos que después terminaron pelados, con barbita candado y un abogado de camisas flúo.

No me quiero inCertar