Capítulo 14. Dos y medio, medio

—Había una vez un príncipe llamado Martín, que tenía un amigo, también de la nobleza, él, claro, llamado Mauro. Como se conocían hacía mucho tiempo, Mauro le decía “Martin”. Unas noches atrás, el príncipe Martin había ido a una gala junto a su amigo, el Archiduquecito Mauro, los dos buscando novia. Mauro estaba triste porque cierta damisela de alta cuna (¡y vaya que tuvo que ser alta!) había preferido los cortejos, los regalos, los planes, los pensamientos, los pelos de otro pretendiente… su esencia, bah, la de Mauro, no era ya más del deseo de esa damita.
—¿Y cómo era el príncipe Martin?
—Bueno, el príncipe Martin era un poco más alto que la mayoría, rubio, de ojos marrones claro; tenía un cuerpo bien formado porque practicaba muchas destrezas, porque le gustaba mucho justar.
—¿Qué es justar?
—Justar es cuando dos… dos caballeros se peleaban con sus caballos. Era como un deporte de antes.
—¿De cuando vos eras chico?
—Jeje, no, ¡mucho antes!
—¿Y por qué se peleaban con sus caballitos? ¿Habían hecho lío como yo los caballitos?
—Je, no, no, se peleaban entre los caballeros, cada uno montando su caballo. ¿Entendés?
—Sí.
—Bueno, como te decía, unos días después de la gala el príncipe Martin mandó a llamar a su mejor amigo, el Marqués Mauro. Cuando lo tuvo enfrente, ordenó que los dejaran solos, e hizo su confesión: “Chabón, ¿viste que el sábado vos te fuiste y yo me quedé con Yésica y Jimena?”. “Sí”, contestó el Marqués Mauro. “Bueno —siguió Martin—, ¿viste que yo te había dicho que ya le tocaba a Jimena? Y te diste cuenta que yo estaba con ganas, también…”. “Sí, sí”, dijo Mauro, que ya algo imaginaba de lo que le iba a contar su amigo el príncipe. “Bueno, ¿pero viste que también Yésica estaba ahí y que nos fuimos a tomar algo a la barra en un momento?”, Martin insistía, y a Mauro ya le quedaban pocas dudas, así que para evitarse la incomodidad de que el príncipe le ostentara su victoria en la cara cuando a él no le había ido tan bien, se apuró y lo cortó: “¡¿No me digas que te las llevaste a las dos a un telo?! ¡Qué campe…!”; “No: fui a un telo, pero con María de los Ángeles. Peronosoyputoyo, eh”.
—¿Qué es puto?
—Puto es… un chico que gusta de otro chico.
—Ah. ¿Y por qué?
—Bueno… eh… ¿por qué les gustan los chicos? Bueno…
—¡No, no! ¿Por qué le dicen así?
—Bueno, hay otras palabras, tambié…
—¡¡No!! ¿Por qué le pusieron una palabra?
—Ah, bueno… no sé…
—A mí me gustan… mmm… mis muñecas, el olor de mi shampú… el microscopio que me regaló papá… ¿Cómo le pusieron a esas cosas?
—No hay… No hay una palabra para la gente a la que le gustan esas cosas…
—… ¿Y un telo, qué es?
—… … ¿Eh?… Ah… Bueno, es un lugar donde los adultos van a… eh…
—¿A justar?
—Eh… Probablemente sí, bastante… es como una especie de justa pero de otro tipo…
—¿Y van arriba de caballos ahí también?
—Eh, bueno, supongo que sí, hay jinetes, también.
—Y después ¿qué pasó?
—… Bueno, el príncipe Martin dijo “Fue una experiencia hermosa, la verdad, eh, no te voy a mentir”. Y el Conde Mauro le contestó que algunas palabras apretaban, quedaban incómodas, que incluso eran feas, y… y olían mal. Y agregó: “Lo que no me gusta es que cague a su esposa, príncipe Martin”… Muñequita… muñequita, ¿te dormiste?…
—…
—Descansá, preciosa.

—¿Y? ¿Se durmió, papi?
—Hijo, “si te gusta arriba o abajo con una chica o arriba o abajo con una travesti, con un chico, con una chica o un chico trans, ¿cuál es la diferencia con que te guste el chocolate, el dulce de leche o los frutos del bosque? ¿Y si una vez pintó hacer algo que se escapa del nombre correcto y normalito, o si te atrae una persona que se escurre entre las palabras con las que otros molieron y entendieron el mundo por nosotros, ¡qué!? ¡¿Qué hay que discutir?! ¡Es ridículo! Acá somos todos seres sexuales y punto”… Y colorín colorado, este cuento (se) ha acabado. (Todo por encima de sus labios).

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Se ve que Psycho Mantis todavía no maneja muy bien el arte de la selfie.

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Capítulo 13. Tres

Estuvimo esperando no sé cuánto, después se fueron, los copios de ahí. Entramo y bolsiqueamo de todo: Vicodin, OxyContin, Percocet, Xanax, Klonopin, Valium.
—Zarpamo bocha! Vamo de nuevo para allá.
—De toque, guachín, ja!
Los copio no estaban en el pasillo, cerramo la puerta y nos pusimo ahí, debajo de la cama.
—Eh, eh, eh, no es toda la sustancia para vo, vo.
—Bueno, bueno, ya tienen todos. Guardá esto para más adelante, Tubito. Ponelo allá arriba. Y, dale, qué esperan? Métansela.
—Uo… Uo… cómo pega esto…
—Uh, estoy reloqueoooo… De acá no me bajan en horasss…

Entraron a la habitación los familiares. En grupitos de cuatro como máximo, rodearon la cama. Las enfermeras caminaban por el pasillo con la misma indiferencia amansadora del pasto que crece: gracias por eso, enfermeras… y pasto. Su enfermedad había sido larga y dolorosa. Tanto para él como para su familia. Esta vez era en serio. Esta vez sería la última, los médicos ya se lo habían dicho a la familia. Él dormía. Uno de los nietos, el menor, miraba en el baño todos los elementos extraños propios del lugar. Eran viejos, se les notaba lo usado, lo cansado: mucho.
Todo, el tiempo, pareció cronometrado. Los médicos le avisaron a la familia cuando ésta todavía estaba en el hospital. A pesar de que el horario de visita había terminado, apenas salieron del ascensor, los dejaron verlo. Alguien murmuró, y los demás lo escucharon:
—Dios, que por lo menos sus últimas horas hayan sido sin dolor… Que se haya ido tranquilo… por favor…

Colgado del Tubito, arriba, dado vuelta todavía, el Suerito, primero, y los pibes todos después, sonrieron.

La ofisexy nunca volvió a la camioneta. En lugar de eso, me tuve que conformar con que los bigotes de Gandulfo me dejaran ir no sé bien por qué falla en el operativo. Me volví caminando a casa, no se ofreció ni siquiera a dejarme donde me había levantado, el muy gorrudo.

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Capítulo 12. Cuatro

Salimo de la habitación con carpa, siempre anda el copio dando vuelta. De noche también. La Sonda andaba primero y yo le dije al Suero que se quede a lo último, si teníamo que volver a las chapa, es el más lento. La Chata me habló:
—¿Dónde hay que ir, Papagayo?
—Allá, donde está la luz.
—¡Pero está lleno de copio allá! No voy ni en pedo yo allá.
—Callate, vo, que después nos andás pidiendo de lo nuestro. Dale, volvete, vas a ver cómo no te doy nada de lo mío después.
La Chata se cagó y se quedó. Le hice seña al Tubito y a la Pelela que se pongan en la otra pared. Lo hacemo bien o los copios nos levantan. La Chata no cerraba el pico:
—Ay, pero vamo a tener que esperar. Mirá cómo se ven los copios por esas parede de vidrio.
—Es el bos de los coipo, están ahí, pero se van.
—Me llegan a agarrar por tu culpa, Papagayo, te cuelgo de las bola…
—Uh, Papagayo, bardió mal la Chata, aplicá mafia!
—Callensé, vo… Vamo a esperar acá todos.
No quedamos callado una bocha, la Chata, la Pelela y el Suerito de la paré de allá, y yo, la Sonda y el Tubito, de este lado, y después el Suero se aburrió de esperar y empezó con su historias:
—La otra vuelta, escuché a un cama que le decía a otro de una panadera que la panadera se llamaba Dora y tenía una caja y el cama decía que la Dora abrió la caja y salieron las cosas malas, pero que en la caja cuando ella la cerró se quedó una sola cosa adentro. La Dora era medio zorra, por eso abrió la caja, porque se pensaba que eran regalos para ella. Lo que quedó adentro era una cosa mala pero también era una cosa buena. Lo que quedó eran las vacacione, decía.
—¿Y qué tiene que ver las vacacione?
—El cama dijo que cuando llegan las vacaciones estás demasiado hecho mierda para aprovecharla, y cuando estás bien para aprovecharla, terminan.
—Callate, Suerito, dejá de decir boludeces.

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