Capítulo 30. Epístola rota a los cocinandos

Querida salsa blanca:

¿Por qué todos se empeñan en sacarte sin grumos? ¿Por qué la proliferación (absurda ya, a esta altura) de secretitos y recetas? ¿Qué tienen de malo los grumos? No es que me apasionen particularmente los grumos, pero se nota que son parte de tu naturaleza; y por eso mismo (¡por eso mismo!) son bellos, divinas perlas y cósmicos relatos de tu ser. ¡Ah, cuánta belleza indecible, esos, tus corpúsculos de amor!

Tus grumos me vuelan más allá de las palabras (que quedan abajito, enroscadas), no porque sean grumos, sino porque son tuyos, amor.

brigadistas ardientes

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